La economía venezolana intenta levantarse del colapso, pero tres obstáculos la tienen contra las cuerdas: un sistema eléctrico que no da abasto, una inflación fuera de control y una deuda externa que asfixia cualquier chance de financiamiento. Según un informe de El Observador publicado el 18 de octubre de 2026, el Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento del PIB de 5% este año y de 7% en 2027, cifras que suenan bien hasta que uno recuerda que el país se contrajo a la cuarta parte de su tamaño entre 2014 y 2020.
La recuperación existe, pero es lenta y frágil. Y los números del Fondo, que suelen ser generosos con los pronósticos, no alcanzan para compensar dos décadas de destrucción productiva.
El petróleo, otra vez la apuesta
Venezuela tiene una de las mayores reservas de crudo del planeta y apenas produce 1,2 millones de barriles diarios, un tercio de lo que extraía en 1998, antes de que el chavismo llegara al poder. Ese dato resume mejor que cualquier discurso lo que hizo el socialismo del siglo XXI con la principal riqueza del país.
El gobierno de Delcy Rodríguez apuesta a revertirlo con una reforma legal que hace más atractiva la inversión extranjera y con un acuerdo con la Casa Blanca que otorga a Estados Unidos participación en una empresa que controlará la quinta parte de las reservas petroleras. El pacto tiene cuestionamientos serios por su falta de transparencia, algo que en Venezuela ya nadie espera que sea distinto.
En paralelo, Chevron, Repsol y Eni firmaron nuevos contratos. La pregunta es si el país logrará crear las condiciones para captar más de 100.000 millones de dólares en inversiones y volver a los niveles de producción de fines de los noventa.
Apagones: el cuello de botella que crece con la economía
El problema más inmediato no es el barril, sino el enchufe. Los apagones son recurrentes y obligan a las empresas a parar la producción por horas. La consultora Ecoanalítica lo dijo sin vueltas: la electricidad se ha convertido en el principal cuello de botella para la recuperación económica.
Los números lo explican. La oferta ronda los 13.000 megavatios, mientras la demanda en momentos pico ya supera los 15.000. Alejandro Grisanti, director de Ecoanalítica, advirtió en su cuenta de X que el propio crecimiento puede agravar el déficit.
Si la economía continúa recuperándose, la demanda eléctrica aumentará más rápido que la capacidad de generación. Paradójicamente, el propio crecimiento puede agravar el déficit eléctrico y terminar frenando la recuperación.
Rodríguez anunció una reforma para abrir el sector eléctrico al capital privado y acuerdos con compañías como General Electric para incorporar 7.400 megavatios en el mediano plazo. Es una concesión tardía al sentido común: después de años de desinversión, pésima gerencia y sanciones estadounidenses que, según la presidenta encargada, impedían comprar repuestos, la red está en ruinas.
Grisanti fue más lejos en su diagnóstico: durante los próximos años, la capacidad de crecer y operar de muchas empresas venezolanas dependerá cada vez más de su capacidad para generar su propia energía. Cuando el Estado falla, el mercado improvisa.
Inflación sin ancla y un bolívar en el que nadie cree
Según cifras del Banco Central de Venezuela, la inflación acumula un salto de 225% en lo que va de 2026, y el FMI pronostica que cerrará el año en 336%. Para 2027 anticipa 139%, una desaceleración relativa que igualmente mantiene a la economía en terreno de inestabilidad pura.
El problema de fondo es la confianza, ese activo intangible que ningún decreto puede imprimir. Los venezolanos perdieron la fe en el bolívar y la demanda de dólares supera la oferta del Banco Central. El tipo de cambio oficial subió 190% en el año, y como la mayoría de los precios están fijados en dólares, un dólar más caro se traduce de inmediato en más bolívares por producto.
El gobierno respondió como suelen responder los gobiernos que no quieren enfrentar la causa: restringió el crédito para limitar la cantidad de bolívares que van a la compra de divisas. Una mayor exportación petrolera le daría al Banco Central más dólares, pero las perspectivas son de una inflación que seguirá desbordada.
Calixto Ortega, presidente del Banco Central, lo admitió en la conferencia del FMI en Tailandia: la situación es realmente todavía muy difícil. Sobre la desaceleración que proyecta el Fondo para 2027, fue claro: no son tan optimistas. Esperamos tener una inflación de dos dígitos más temprano que tarde, dijo.
La deuda: la herencia que nadie quiere firmar
Cuando Hugo Chávez llegó a la presidencia en 1999, heredó una deuda externa de 19.300 millones de dólares, manejable para el tamaño de la economía. Hoy solo en bonos asciende a 112.000 millones, y los cálculos de consultoras y estudios privados ubican la deuda total en torno a los 170.000 millones de dólares, sumando compromisos con organismos multilaterales, préstamos bilaterales y reclamos de empresas expropiadas.
En 2017, tras dilapidar el boom petrolero, Nicolás Maduro suspendió los pagos y Venezuela cayó en incumplimiento, perdiendo el acceso al financiamiento internacional. La expropiación y el despilfarro tienen factura, y esa factura vence con intereses.
Para renegociar, el gobierno contrató a la firma Centerview Partners. Ortega admitió en Bangkok que reestructurar la deuda es una prioridad, pero reconoció que el análisis de sostenibilidad, el paso clave para negociar con los acreedores, ha sido más difícil de lo que esperábamos, especialmente tras las complicaciones del terremoto de junio.
Por ahora, Rodríguez descartó recurrir a un programa de asistencia del FMI, lo que despierta dudas razonables entre los analistas. En estos procesos el Fondo actúa como árbitro técnico y otorga el aval financiero. Sin esa garantía, la reestructuración corre el riesgo de quedar en papel.
El escenario que plantean los analistas es conocido para quien estudió otros colapsos: sin una reducción importante del monto y sin acceso posterior a financiamiento a tasas razonables, Venezuela puede quedar atrapada en una dinámica de Estado insolvente, poca inversión y bajo crecimiento. Un país con la mayor reserva petrolera del hemisferio, gobernado durante décadas por quienes prometían distribuir riqueza y terminaron distribuyendo escasez.
Desde Montevideo, con nuestra escala y nuestras instituciones intactas, la lección_uruguaya es casi demasiado evidente: la propiedad privada, la apertura y las reglas claras no son opciones ideológicas de lujo. Son la diferencia entre crecer y sobrevivir, como bien sabe cualquier lector que siga
