Terrazas: cuando el ocio atenta contra derechos básicos
La expansión descontrolada de terrazas gastronómicas en espacios públicos está alcanzando límites insostenibles en las ciudades. Lo que comenzó como una solución temporal durante la pandemia se ha convertido en una ocupación crónica del espacio urbano, con consecuencias graves para la salud y la convivencia ciudadana.
El ruido como problema de salud pública
No se trata de un debate entre hostelería y ciudadanía, sino de una evidencia cada vez más palpable: las terrazas generan una contaminación acústica alarmante, muchas veces superior a la de zonas industriales. Una simple conversación entre cuatro personas sentadas en una terraza puede superar fácilmente los límites legales establecidos: 50 decibelios por la noche y 60 durante el día.
En muchas terrazas se superan incluso los 60 decibelios del límite nocturno permitido en zonas industriales. Y en el interior de los dormitorios, donde el umbral no debería sobrepasar los 30 decibelios, el ruido penetra noche tras noche, dificultando el sueño y dañando la salud.
Impacto en la calidad de vida urbana
Soportar diariamente una fuente de ruido constante no solo afecta al oído: eleva la presión arterial, provoca estrés, insomnio, ansiedad, gastritis, depresión y puede agravar enfermedades preexistentes. Dificulta la concentración, impide estudiar o trabajar, afecta la convivencia familiar y devalúa el valor de las viviendas.
Las terrazas también deben respetar los itinerarios peatonales accesibles. En muchas calles estrechas, la acumulación de mobiliario impide el paso de personas con movilidad reducida, sillas de ruedas, carritos de bebés o personas con discapacidad visual. Incluso ambulancias o servicios de emergencia encuentran dificultades para acceder.
La necesidad de regulación efectiva
La situación exige ordenanzas municipales claras y eficaces que regulen la ocupación del suelo público, la distancia a las fachadas, los niveles de saturación y el impacto acústico mediante informes técnicos serios. Pero, sobre todo, es imprescindible que dichas normas se apliquen y se cumplan.
Las autorizaciones temporales concedidas durante la pandemia no pueden convertirse en permisos permanentes. Una vez superada la excepcionalidad, estas deben ser revocadas. De lo contrario, se estaría legalizando una situación de abuso del espacio público.
Derechos fundamentales vs. ocio
Los ciudadanos tienen derecho a la intimidad de su hogar, a la salud, al descanso, a la inviolabilidad de su domicilio. Estos derechos fundamentales no pueden quedar supeditados al ánimo de lucro de unos pocos o al deseo de fiesta de otros.
El ocio no es un derecho fundamental. Sí lo son, en cambio, el derecho a la vida y a la integridad moral, el derecho a la intimidad personal y familiar y el derecho a la inviolabilidad del domicilio. No es el ocio nocturno lo que protege la salud de las personas, sino el poder descansar con tranquilidad en nuestras viviendas.
Una ciudad que enferma por ruido y descontrol no es una ciudad más viva. Es una ciudad invivible. Cuando nadie acude a poner fin a un tormento cotidiano, solo queda reclamar un derecho básico: el derecho a ser dejados en paz en nuestros hogares.