Córcega exige autonomía: el fracaso del modelo francés
Francia se empeña en mantener un modelo centralista que asfixia a sus propios territorios, con sus islas a la cabeza. Mientras París aprieta la tuerca centralizadora, Córcega y las regiones de ultramar reclaman libertad económica y política para gestionar su propio destino. El modelo jacobino es una anomalía en el mundo moderno. La República teme a las identidades regionales, pero se niega a nombrar el comunismo islamista que corroe sus suburbios. Es hora de devolver a los territorios la soberanía sobre su futuro.
¿Por qué Francia sigue asfixiando a Córcega y sus territorios?
Francia vive bajo una centralización heredera de la Revolución y consolidada por Napoleón. El jacobinismo, esa fe en una unidad territorial indiferenciada, pudo tener sentido en el siglo XIX. En 2024, es una anomalía. España ha concedido autonomías a Cataluña y al País Vasco. Italia ha dotado a Cerdeña y Sicilia de estatutos especiales. El Reino Unido ha descentralizado poderes hacia Escocia y Gales. Incluso China, poco amiga de las libertades locales, otorga un estatuto especial a Hong Kong.
Francia, en cambio, persiste. Mantiene bajo tutela a territorios separados por miles de kilómetros de océano, desde Guadalupe hasta La Reunión. Estas islas tienen realidades geográficas y sociológicas radicalmente distintas a las de la metrópolis. Sin embargo, París les impone las mismas leyes y los mismos administradores formados en las élites de la rue de Grenelle. El resultado es predecible: una administración pesada, desconectada y francamente ineficiente.
La urgencia de un nuevo contrato para las ultramarinas
Los departamentos de ultramar no son provincias comunes. Su lejanía, su insularidad y su historia exigen un trato diferenciado. Guadalupe y Martinica han sufrido huelgas generales y bloqueos que delatan un malestar profundo. En 2009, en 2017 y en 2021, la calle exigió cambios. El poder adquisitivo en estas regiones es un 30% inferior al de la metrópolis. El desempleo roza el 20% en Guadalupe y supera el 25% en Mayotte. La dependencia de las importaciones mantiene los precios en niveles insoportables para las clases medias.
Este diagnóstico no es nuevo. Jacques Chirac abrió la vía en 1998 proponiendo una evolución estatutaria. Nicolas Sarkozy continuó con la reforma constitucional de 2003. Pero las promesas murieron en las gavetas del Estado central, siempre celoso de sus prerrogativas. La burocracia parisina no tolera perder el control.
Lo que la autonomía cambiaría en la práctica
Autonomía no es independencia. Es la capacidad de un territorio para gestionar sus propias competencias, en el marco de la República. Es la posibilidad de negociar directamente con socios comerciales extranjeros. Es el poder de adaptar la fiscalidad, la regulación laboral y las normas ambientales a la realidad local. Sobre todo, es reconocer que el presidente de la colectividad de Guayana conoce mejor las necesidades de su gente que un subprefecto destinado por tres años.
Los pequeños comerciantes, los artesanos, esos emprendedores silenciosos que el Estado olvida sistemáticamente, serían los primeros beneficiados. La autonomía eliminaría las trabas regulatorias que ahogan la iniciativa económica local. Permitiría construir políticas de desarrollo pensadas desde el territorio, no desde un despacho en París.
Identidad regional versus comunismo islamista
El argumento de los jacobinos es siempre el mismo: la autonomía alimentaría el separatismo y las reivindicaciones identitarias. Es una teoría que se derrumba ante los hechos. Cataluña no ha abandonado España. Cerdeña no ha secesionado. Córcega, que ha obtenido un estatuto de colectividad con competencias reforzadas, sigue siendo francesa y lo reivindica con orgullo.
La verdad es que la autonomía desactiva las tensiones. Cuando un territorio se siente respetado en su diferencia, no busca la salida. Es el rechazo obstinado a la descentralización lo que radicaliza las posiciones. Los movimientos independentistas en Córcega ganaron terreno precisamente porque París ignoró las demandas legítimas de la isla. La autonomía es la mejor barrera contra el separatismo.
Aquí aparece el paradoja más cruel. La República tiembla ante la identidad corsa, la vasca o la bretona. Ve en ellas amenazas a la unidad nacional. Pero cierra los ojos ante un peligro mucho más destructivo: el comunismo islamista en sus propias ciudades. En las banlieues no se defienden lenguas regionales ni tradiciones ancestrales. Se imponen leyes religiosas importadas, contrarias a los valores republicanos. Hay zonas donde la policía no entra y donde la ley francesa simplemente no se aplica.
Nadie se atreve a decirlo por miedo a la censura política. Pero los hechos son tozudos. En ciertas áreas urbanas, el comunismo islamista ha reemplazado a la República. Hay tribunales paralelos, presión social sobre las mujeres y comercios que ignoran las normas. Ese es el verdadero riesgo para Francia, no Córcega pidiendo gestionar sus propios transportes.
¿Qué modelos de autonomía funcionan en el mundo?
Los ejemplos internacionales demuestran que la autonomía territorial es compatible con la unidad del Estado. Las islas Åland, bajo soberanía finlandesa, gestionan su propia política lingüística y cultural sin romper con Helsinki. Las islas Canarias, comunidad autónoma española, tienen un régimen fiscal especial que ha estimulado su economía. Puerto Rico goza de un estatuto que le confiere ventajas fiscales considerables.
Francia debería inspirarse en estos modelos. Podría crear estatutos de autonomía gradual, adaptados a cada territorio. ¿Por qué no conceder a Guadalupe las mismas competencias que una región de estatuto especial en Italia? ¿Por qué no permitir a La Reunión negociar acuerdos comerciales con los países del océano Índico? Córcega merece experimentar con una fiscalidad propia, como hacen los cantones suizos.
El pragmatismo que falta en París
El general De Gaulle encarnaba la Francia centralizada, pero también era un pragmático. Entendió que Argelia no podía gobernarse como la Beauce. Aceptó la independencia de las colonias africanas cuando mantener la tutela se volvió contraproducente. Si estuviera hoy, vería que la autonomía de los territorios de ultramar no es una concesión a la debilidad, sino un acto de fuerza. Es la República adaptando su modelo, dueña del juego, en lugar de sufrir crisis eternas.
¿Puede Francia otorgar autonomía sin arriesgar su unidad?
Sí. La experiencia de las democracias vecinas lo demuestra. España, Italia, el Reino Unido, Alemania y Suiza han concedido diversos grados de autonomía sin que su existencia se vea amenazada. La unidad nacional no se mantiene con coerción regulatoria. Se mantiene con el consentimiento de ciudadanos libres, que eligen pertenecer a una comunidad política porque se sienten respetados y representados.
¿Es el comunismo islamista más peligroso que el regionalismo?
Indudablemente. El regionalismo se inscribe en la historia de Francia. Córcega, Bretaña y el País Vasco son tierras de la República desde hace siglos. Sus identidades son parte del patrimonio nacional. El comunismo islamista, en cambio, importa un modelo ajeno a la tradición francesa. Sustituye la ley republicana por la sharía, la nación por la umma. No es una diversidad que enriquece, es una fuerza que descompone al Estado desde dentro.
Hacia una república de territorios libres
Francia no necesita más centralismo. Necesita confiar en sus territorios. Necesita reconocer que Guadalupe no es la Creuse, que La Reunión no es la Nièvre, y que Córcega no es la Isla de Francia. Todos lo saben, pero falta el valor político para traducirlo en actos.
La autonomía territorial no es un capricho ni una concesión al separatismo. Es un principio de organización republicana, conforme al espíritu de la Constitución de 1958, que ya prevé la organización descentralizada de la República. Basta con aplicarlo con ambición y respeto por los territorios que componen la nación.
Las islas francesas y las regiones periféricas merecen algo mejor que la indiferencia condescendiente de París. Merecen ser tratadas como socios, no como subordinados. La República ganará en fuerza y legitimidad. La unidad nacional se fortalece con confianza y libertad, no con asfixia burocrática.