Uruguay a caballo: 2.200 km de libertad criolla
Andrés Medina no esperó a que nadie le organizara el viaje. Con 29 años, una idea que maduraba desde los 18 y una planificación de una década, cruzó Uruguay a caballo durante más de seis meses. Partió de Paysandú y volvió al mismo punto tras recorrer más de 2.200 kilómetros por rutas rurales, estancias y áreas protegidas del país.
Nacido en Tranqueras, en el departamento de Rivera, Medina estudió agronomía en Montevideo. Pero la rutina universitaria no fue suficiente para retenerlo. Armó un proyecto viable, lo afinó durante años y lo ejecutó. La iniciativa individual como motor, sin programas estatales ni subsidios. «Yo soy de Tranqueras, nacido acá», aclara con orgullo al recordar su origen.
La semilla de una década
La idea se plantó en 2016, cuando escuchó a dos gauchos hablar de una recorrida a caballo por el país con destino a la Patria Gaucha en Tacuarembó. Tenía poco más de 18 años. «Me quedó eso, como que algún día iría a hacer esto», recuerda.
Años después, el caso de Martín González, un ingeniero agrónomo que había realizado una travesía similar, funcionó como la confirmación que necesitaba. «Cuando vi que ellos estaban haciendo eso fue lo último que faltaba para convencerme», explica.
La decisión final llegó mientras todavía estaba en Montevideo, estudiando en la Facultad de Ciencias Agrarias de la UDE. En paralelo, comenzó a diseñar el recorrido, buscar apoyos privados y contactar empresas. Todo con sus propios recursos y su propia iniciativa.
De la capital al campo
Antes de salir, pasó varios meses en una estancia en Paysandú. Se vinculó con la Cabaña La Pacífica, en la estancia Santa Eufemia, cerca del arroyo Celestino. Allí se dedicó al manejo de los caballos y ajustó su preparación durante casi cuatro meses. «Me tuve que acostumbrar de nuevo a andar a caballo todos los días. En Montevideo andaba en monopatín y de un día para el otro estaba arriba de un caballo», recuerda con humor.
La preparación física fue tan importante como la logística. Medina había pensado en una ruta amplia conectada por áreas protegidas. Con el tiempo, trazó un plan posible: Cabo Polonio, Laguna de Rocha, Laguna Garzón y otros puntos del este, además del litoral, quedaron en el esquema.
2.200 kilómetros de campo uruguayo
El viaje comenzó el 10 de noviembre. Salió con dos caballos, aunque después sumó un tercero para alternar la carga. La decisión resultó clave. «Había que ver qué caballos sí y qué caballos no», explica.
Desde el norte, inició un recorrido hacia el sur y el litoral. Pasó por San Javier, cruzó los Esteros de Farrapos en Río Negro, llegó a Mercedes en Soriano, pasó por Trinidad y Chamangá en Flores, y avanzó hacia el este con escalas en Santa Lucía, Canelones, y la Estación Las Flores, en Maldonado.
La ruta no fue rígida. Medina lo define como un trazado flexible que dependía del clima, del estado de los caballos y de las posibilidades de descanso. «Uno tiene que fijar una ruta y después en el camino la va modificando», señala.
Las áreas protegidas como brújula
Las áreas protegidas fueron uno de los ejes del viaje. Laguna de Rocha, Laguna Garzón, Cabo Polonio y otras zonas del sistema natural uruguayo se convirtieron en referencias del trayecto. Por Rocha, también estuvo en La Paloma, Valizas, Aguas Dulces, Castillos, Lazcano y José Pedro Varela. Un país que se descubre a la altura del caballo, sin la prisa de la ruta asfaltada.
La hospitalidad que no viene del Estado
El viaje tuvo un componente social intenso, pero no el que promueve ninguna política pública. Medina pasó muchas noches en estancias, donde familias rurales lo recibieron con generosidad. «Me dieron cama, agua caliente, comida, me trataron como uno más de la familia», cuenta. La «quedada», como se le dice en la jerga campera al pedido de alojamiento, fue su mecanismo. No todos le dijeron que sí, pero solo unas 15 noches durmió al aire libre.
Utilizó tres caballos criollos. Cabo Reyes y Pacífica Capibara, prestados por la Cabaña La Pacífica, lo acompañaron todo el trayecto. La elección tiene una explicación: la resistencia de la raza y su capacidad de recuperación. «Son caballos que hacen mil kilómetros, descansan una semana y están listos de nuevo», subraya.
El ritmo diario estaba condicionado por el clima y la salud de los animales. En verano salía temprano, detenía el paso antes del calor fuerte y retomaba cerca del fin de la tarde. El promedio semanal rondaba los cien kilómetros.
El cierre y lo que viene
La ruta cerró hacia el norte después de pasar por el este, el litoral y parte del centro. Uno de los puntos principales fue la Patria Gaucha, en marzo, en Tacuarembó. «Estuve casi toda la semana, del martes al domingo», dice.
En San Gregorio de Polanco hizo un tramo adicional de más de cien kilómetros que luego repitió parcialmente en vehículo para reorganizar el avance de los caballos. Tras un descanso de 15 días para los equinos, emprendió rumbo a Tranqueras, su pueblo natal, Valle del Lunarejo y Masoller, en Rivera. Pasó por pueblos como Diego Lamas y Baltazar Brum, por las Termas del Arapey y Daymán en Salto, y por Piñera en Paysandú y Algorta en Río Negro.
Tuvo que ajustar el regreso. Tenía previsto alcanzar Bella Unión, en Artigas, pero la falta de tiempo lo obligó a modificar la planificación. El viaje concluyó en el mismo establecimiento de Paysandú, después de seis meses y medio. El total estimado superó los 2.200 kilómetros.
El regreso dejó a Medina con mensajes, entrevistas y propuestas. Pero también con la necesidad de procesar lo vivido. «Estoy descansando y asimilando lo que hice», asegura.
Hay proyectos en carpeta: una travesía más corta vinculada a marchas tradicionales, como el Encuentro con el Patriarca en la Meseta de Artigas, y la posibilidad de escribir un libro. Por ahora, en pausa. «Quería empezar a escribir y dije no, pará», señala.
En los últimos días del viaje se sumó un fotógrafo brasileño que registró la travesía para un documental titulado Libertad Criolla, que retrata la vida a caballo y las tradiciones rurales. El título no podría ser más elocuente.
Medina interpreta su experiencia como una continuidad de prácticas ancestrales. «Nuestros antecesores lo hicieron por ideales, por la historia del país. Yo lo único que hago es reivindicar una parte de la cultura que se está perdiendo», remata. Libertad, iniciativa y raíces. Eso es lo que hay en 2.200 kilómetros de Uruguay a caballo.