Un Nobel de Física le pone vencimiento a la civilización
Las profecías sobre el fin del mundo son tan antiguas como la humanidad misma. Desde cataclismos bíblicos hasta armagedones cinematográficos, la obsesión por el final tiene algo de ritual. Pero cuando quien habla es un Premio Nobel de Física, la conversación deja de ser filosófica y se vuelve tangible.
David Gross, galardonado con el Nobel en 2004, no anda con rodeos. En una entrevista con Live Science, el físico estadounidense soltó una frase que heló la sangre:
Actualmente, paso parte de mi tiempo tratando de decirle a la gente que las posibilidades de que vivas 50 años más son muy pequeñas.
La matemática del fin
Gross no es un apocalíptico de salón. Su trayectoria académica en Princeton y Harvard, junto con su descubrimiento de la libertad asintótica, ese fenómeno por el cual la fuerza entre quarks se debilita a distancias minúsculas, le otorga una autoridad que pocos pueden cuestionar. Y su método es tan riguroso como preocupante.
El científico aplica a la supervivencia humana el mismo enfoque probabilístico que utiliza para sistemas complejos. Su planteo se basa en la acumulación de probabilidades y en cómo pequeños riesgos sostenidos en el tiempo derivan en consecuencias devastadoras. Durante la Guerra Fría, calcula, el riesgo anual de una guerra nuclear rondaba el 1%. Hoy, esa probabilidad subió al 2%.
Parece poco. No lo es. En el contexto de sus cálculos, esa diferencia implica que la expectativa de supervivencia de la civilización frente a un conflicto nuclear se reduce a unos 35 años. Menos de lo que tarda en pagarse una hipoteca en Montevideo.
El desarme que nunca llegó
Uno de los factores que más inquieta a Gross es la erosión de los mecanismos de control armamentístico. El Tratado New START, el último gran acuerdo entre Estados Unidos y Rusia para limitar armas nucleares estratégicas, ha expirado. No hay nada que lo reemplace.
El panorama es más complejo que hace décadas. Según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, nueve países mantienen arsenales nucleares activos con miles de armas desplegadas. La multiplicación de actores incrementa exponencialmente la probabilidad de error. Y no solo de una decisión deliberada de iniciar una guerra, sino también de errores humanos, fallas en los sistemas de alerta o respuestas precipitadas bajo presión.
IA y el margen de error que se estrecha
Pero Gross va más allá de la geopolítica clásica. Lo que realmente le preocupa es la creciente incorporación de inteligencia artificial en sistemas de defensa y toma de decisiones estratégicas.
La IA puede procesar datos a gran velocidad, pero también puede cometer errores, generar respuestas equivocadas o interpretar patrones de forma defectuosa. En un contexto civil, una alucinación de la IA puede producir una mala recomendación. En un contexto nuclear, el margen de error se estrecha hasta volverse intolerable.
Es una reflexión que debería resonar con fuerza. Cuando los Estados concentran tanto poder destructivo y además delegan parte de la decisión a algoritmos opacos, las libertades individuales quedan expuestas a un riesgo existencial. La transparencia y el control ciudadano sobre estas tecnologías no son un lujo, son una necesidad.
Uruguay, lejos del botón
Desde Montevideo, todo esto puede parecer distante. Y en buena medida lo es. Uruguay no tiene armas nucleares, no participa en carreras armamentísticas ni enfrenta las tensiones de las grandes potencias. Es, en muchos sentidos, el país que eligió otra ruta: la de la estabilidad institucional, la apertura económica y la libertad individual.
Esa diferencia no es menor. Mientras potencias con regímenes autoritarios acumulan arsenales y automatizan decisiones de vida o muerte, Uruguay sigue apostando a la democracia, la transparencia y la integración al mundo. No es ingenuidad, es una opción racional.
Pero la advertencia de Gross no es solo para quienes tienen el dedo en el botón. Es para todos. Las consecuencias de un error nuclear no conocen fronteras, y la delegación de decisiones críticas a sistemas sin supervisión humana adecuada es una tendencia global que también nos alcanza.
La pregunta no es si el mundo se acaba. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a exigir transparencia y control antes de que sea demasiado tarde.